Tuesday, June 26, 2007
carpo escafoide
El doctor había explicado la situación en términos sencillos: la probabilidad de que su memoria (o su mano) volviese, era prácticamente nula. Para su mano había prótesis, pero para el cerebro no. El doctor puso cara amigable y dijo que viera mi situación como una oportunidad única: no todo el mundo tiene la opción de empezar desde cero y reinventarse. Me pregunté si al doctor le hubiese gustado, a su edad, reinventarse taladrando en su cráneo. El doctor dejó su cara amigable finalmente y me dijo que procurara tratar con tacto a las personas que me visitarían los días por venir. Es común, dijo, que no puedan hacerse a la idea de que la memoria ha desaparecido y entonces tiendan a dar cosas por obvias cuando en realidad son fruto de una larga convivencia.
Procedió diciendo que la recuperación iba en buen camino y que, en cuanto llegara la nueva mano, podrían instalarla y darme de alta. Mencionó de pasada que sólamente unas pocas prótesis presentan problemas al no responder con exactitud a los compandos que el sistema nervioso les manda. De un bolsillo de su bata sacó un folleto, propaganda de la mano más avanzada que la cobertura del seguro alcanzaba. Una celda de hidrógeno instalable en el cinturón o en la espalda brindaba poder a los actuadores electromecánicos, que a su vez excitaban membranas poliméricas fijas a estructuras de colágeno. El efecto conjunto daba una apariencia muy natural, que a no ser por la falta de uñas, poros o vellos, hubiése pasado por una mano común y corriente. La instalación de la mano era por demás primitiva: un perno atravezando el radio con una junta de bola. El sencillo mecanismo me pareció ingeniosamente efectivo. Flexor 3 de Proztechnische Gmb, leía el folleto.
El doctor me picó con la punta de su pluma para comprobar si seguían mejorando mis respuestas motoras. Siguen mejorando, dijo. Sin muchos ánimos, al igual que yo, miró su reloj, suspiró y después de una excusa rápida y formal, se retiró.
Para entonces era evidente que no tenía capacidad para hablar y que mi verdadero nombre me sería revelado hasta que una alma misericordiosa se compadeciese de mí. Dudé un instante: algo en mi quebrado inconciente me dijo que nadie realmente sabía quién era yo.
Procedió diciendo que la recuperación iba en buen camino y que, en cuanto llegara la nueva mano, podrían instalarla y darme de alta. Mencionó de pasada que sólamente unas pocas prótesis presentan problemas al no responder con exactitud a los compandos que el sistema nervioso les manda. De un bolsillo de su bata sacó un folleto, propaganda de la mano más avanzada que la cobertura del seguro alcanzaba. Una celda de hidrógeno instalable en el cinturón o en la espalda brindaba poder a los actuadores electromecánicos, que a su vez excitaban membranas poliméricas fijas a estructuras de colágeno. El efecto conjunto daba una apariencia muy natural, que a no ser por la falta de uñas, poros o vellos, hubiése pasado por una mano común y corriente. La instalación de la mano era por demás primitiva: un perno atravezando el radio con una junta de bola. El sencillo mecanismo me pareció ingeniosamente efectivo. Flexor 3 de Proztechnische Gmb, leía el folleto.
El doctor me picó con la punta de su pluma para comprobar si seguían mejorando mis respuestas motoras. Siguen mejorando, dijo. Sin muchos ánimos, al igual que yo, miró su reloj, suspiró y después de una excusa rápida y formal, se retiró.
Para entonces era evidente que no tenía capacidad para hablar y que mi verdadero nombre me sería revelado hasta que una alma misericordiosa se compadeciese de mí. Dudé un instante: algo en mi quebrado inconciente me dijo que nadie realmente sabía quién era yo.