Tuesday, June 19, 2007
ausencia
Después del accidente en el compresor, en el cual la falla imprevista de un contacto termomagnético y la negligencia claramente previsible de un operario concordaron fatalmente, una parte de mi memoria y la totalidad de mi mano dejaron de existir.
Al despertar en el hospital, con una sábana cubriéndome hasta el cuello y vendajes tapando el resto exceptuando los ojos, un instintivo relfejo actuó antes que mi conciencia. Mi imaginaria mano derecha se dirigió hacia los genitales que, dependiendo de su estado, me informarían sobre la gravedad de la situación.
Menuda sorpresa se llevaron al ser despertados de su inactividad por el burdo roce de una superficie curva y rugosa. Un escalofrío partió desde ellos hasta mi lengua.
Entonces las facultades cognitivas entraron en acción y de la sábana surgió mi brazo derecho, doloroso y decorado: en un extremo, donde deberían haber hecho presencia los carpos, metacarpos y demás partes accesorias de la mano común, aparecía plácido un recubrimiento de plástico rugoso y pintado de carne marrón, como eufemismo de muñón.
Naturalmente, saqué el otro brazo y, todavía aterrado, lo inspeccioné hasta asegurarme que nada faltaba. La mente es graciosa de ese modo: puede ignorarse la identidad, las circunstancias, las personas o los eventos; pero siempre recordará la manera como las cosas deben ser, lo que falta y lo que sobra.
A los pocos minutos de mi nuevo amananecer –me gusta llamarle así, sin cinismo se los juro- llegó la enfermera y, ocultando su sorpresa inicial, me dió los buenos días. Percatándose del descubrimiento que revelé al sacar mi brazo, me dijo que no me moviera, que el doctor llegaría en cuanto fuese posible, ya sabe el tráfico de la mañana como es. Yo no sabía. Ahí mi segundo problema.
La enfermera no era muy buena tratando con la gente. Quedóse en silencio un segundo, como mirándome y no, sin saber exactamente que hacer frente al paciente. Veía como su línea de visión iba desde mi cara hasta mi muñón sintético y rápidamente de regreso a mi cara.
Yo no había dicho nada hasta el momento. Discretamente había llevado la mano restante debajo de la sábana para terminar la inspección interrumpida, sin encontrar algo faltante o sobrante, lo cual fue un alivio. Algo me decía que no era el momento de hablar: había mucho por descifrar antes de aventurarse a decir algo que causara risa involuntaria. No hay nada de gracioso en la amnesia o en la mutilación y no pensaba dar pie a vulgaridades semejantes. Una epifanía: este primer pensamiento era el inicio de mi nueva identidad.